Pakal

—Ya no insistas, Pakalito, no voy a contarte un cuento hoy.
Dice ella mientras rebusca en la bolsa con sus manos huesudas.
—Pero si no, ¿cómo voy a aprender yo a contar cuentos?
Insiste el niño sentado en el suelo, en el centro de la sala en penumbra.
—Pues no sé. Supongo que un día vas a empezar a contarlos y ya.
Las llaves no aparecen en la bolsa y Lamuerte ya está desesperada. No le gusta llegar tarde.
—Ándale, calaverita. Cuéntame uno, aunque sea uno cortito.
—Ya te dije que tengo que irme a trabajar.
—No seas mala, catrinita bonita. Cuéntame un cuento.
Ante la insistencia de Pakal, y las palabras cariñosas, Lamuerte termina cediendo. Catrinita bonita, le dijo él, y no pudo resistirse a sentirse contenta por el halago.
Se sienta en el estrafalario sillón morado que está frente a Pakal. Las múltiples velas de alrededor iluminan sus caras. La cara infantil de Pakal muestra emoción desenfrenada. Mira con los ojos muy abiertos a la osamenta emperifollada y una sonrisita se adivina en sus labios, reflejo de las mariposas que le revolotean en la panza.

—Hace algunos años, había un niño que se llamaba Pakal.

Comienza ella con énfasis teatral. Pakal se sienta en posición de loto, recarga los codos en las rodillas y la barbilla en los puños.

—Lo conocí un día que fui a trabajar. Después de cumplir con mis obligaciones, me quedé invisible mirando a un mimo que hacía una moderna actuación en una plaza. Yo creí que era invisible, pero, al parecer, para Pakal no lo era. Se sentó a un lado de mí, así, como estás tú ahorita, y se puso a narrarme la actuación del mimo. Supuse primero que no me hablaba a mí, porque yo era invisible. Así que no le puse atención. Después de un rato, me sorprendí ignorando al mimo y escuchando solamente al pequeño Pakal, que me miraba fijamente mientras narraba. Como si creyera que yo no podía ver al mimo y quisiera transmitirme todo lo que él sentía al ver el acto.
Volví a mi casa y me dormí sin poder dejar de pensar en el pequeño Pakal. ¡Qué manera de narrar! Era aún más deliciosa que la misma actuación del mimo, que de por sí era buena.
Al día siguiente, al terminar mis labores, volví a la plaza donde había conocido a Pakal. Y ahí estaba. Esta vez se dedicó a contarme un día de la vida de una señora que iba pasando por ahí. De nuevo me atrapó y estuve ahí varias horas escuchándolo.
Al día siguiente volví. Y al siguiente, y al siguiente. Pronto Pakal terminó con las historias basadas en gente real. Entonces comenzó a inventar historias fantásticas. Me volví adicta a sus cuentos. Necesitaba sus historias tanto como Dios necesita las plegarias y Eldiablo las maldiciones. Empecé a descuidar mi trabajo y la gente entonces moría poco.
Un día Pakal me habló del infinito. Y dentro de su cuento había un juego. Puso dos espejos encontrados y me hizo reflejarme en ellos. Ni él ni yo sabíamos lo que sucedería entonces. Me reflejé en un espejo. Y ese reflejo se proyectó en el otro espejo. A su vez, esta proyección hizo aparecer su espectro en el primero. ¡Y así sucesivamente hasta el infinito! Entonces ambos espejos se rompieron y mis infinitas imágenes se hicieron reales. Sin que Pakal ni yo pudiéramos detenerlas, muchas muertes se esparcieron por el mundo. ¡Era algo incontrolable!
—¿Muchas muertes? ¿No eran infinitas?
Tienes razón, Pakal, eran infinitas al principio. Lo que pasa es que cada reflejo era más débil que el anterior. A partir de cierto momento, las muertes eran tan débiles, que murieron segundos después de que se rompieran los espejos.
Los días siguientes yo continué con mi trabajo. ¡Pero las demás muertes también! Ahora no sólo moría más gente que antes, sino que mis homónimas no mataban por sí solas. Obligaban a las personas a matar por ellas. Se presentaron con mi rostro y con mi nombre, pero no eran yo. Eran crueles. El mundo entero se llenó de guerra y asesinos. En medio del caos, el pequeño Pakal decidió viajar a todos los lugares donde estuvieran mis copias para terminar con ellas.
— ¿Iba a matar a la muerte?
—A las muertes—Corrige ella haciendo énfasis en la ese—Empezó con las más débiles. Llegaba con ellas y les contaba cuentos. No te rías Pakalito. A mí me gustan los cuentos. Y ellas, al ser copias mías, tenían que tener algo en común conmigo. Todas estaban locas por los cuentos. Además, Pakal sabía encontrar los cuentospuntodébil de cada una. Cuando encontraba el de una, le contaba muchos cuentos así. Y ellas desaparecían poco a poco. Una a una fueron desapareciendo y la Paz, que se había ido desde que los espejos se rompieron, decidió volver al mundo donde tanto le gusta vivir.
Pakal vino un día a verme y a contarme sus historias. Se pasó varios días aquí maravillándome con sus aventuras, y descansando de años de trabajo. Aunque Pakal ya no era un niño, la sonrisa infantil delataba la vida y alegría de su alma. Al final del séptimo día me dijo que se iba. Y antes de irse, me pidió un favor, y yo acepté cumplir. Se fue muy contento y regresó al día siguiente con un niño pequeñito. El cual dejó a mi cuidado hasta que volviera. Y el mismo que cada día, sin falta, me pide que le cuente un cuento.

María la folclorosa.

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5 comentarios en “Pakal

  1. Beto dijo:

    que forma de narrar tan linda seguramente la autora del cuento aprendio de pakal a narrar de tal manera que te seduce con sus letras y no puedes dejar de leerlas y enamorarte de ellas 🙂

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