Sobre el doblaje

Yo hablo mucho. Siempre tengo las palabras en la punta de la lengua y se las ando repartiendo a quien se me vaya atravesando en el camino. A veces incluso correteo a algunos infortunados para agarrarles una mano, ponerles dos o tres frases, cerrarles el puño y echarme otra vez a correr.

Hace unos años aprendí dos o tres gestos que me permitieron descansar la lengua y aun así seguir hablando. Al vuelo voy agarrando también palabras ajenas y me las repito en silencio hasta que ya no me aguanto y las repito en voz baja. Imito la voz, el tono y la intención, igual que un perico. Esas veces no sé si en realidad imitaba a una persona o a un perico hipotético.

En los restaurantes tengo conversaciones invisibles con los parroquianos que no saben que están hablando conmigo, y me cuentan de la verdadera situación política del Congo, de su tía que encontró coles amarillas y rosadas en un mercado y del granito que le salió a alguien en el dedo anular por el uso desmedido del lápiz.

Aun así, hay lugares donde la palabrería se me vuelve insoportable. En las oficinas, en los viveros, en los autobuses y en los baños públicos me repulsan los significados y los lenguajes sonoros. En esos casos, prefiero imaginarme animal, y así dejar de entender el español y por fin descansar del tanto ruido de todas las definiciones y todas las interpretaciones. Entonces siento que el corazón me late muy cerca de la piel, igualito que el de una rana que encontramos atrás de la bodega cuando yo tenía cinco años y le iluminamos el pecho con una lamparita. Todo se vuelve orgánico, por fin.

Me asumo cuerpo y me asumo animal. Mejor me asumo animalito: verde, con una piel bien delgada, poquita sangre, un estanque-charquito y que en cualquier momento me regreso a renacuajo o me vuelo mariposa y me brinco a rana otra vez. Se me adelgazan las costillas y se vuelve poco importante que sepa escribir y que el mundo sea mil, dos mil veces más grande que yo, pero a lo mejor sólo dos veces más grande que mi charco. Me vuelvo rana, ranita para en una mano estar sostenida por un rato y sólo dedicarme a latir mientras me iluminan el pecho para verme el corazón, para verme latir mientras que yo lato y eso es lo único que hago.

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Sobre el grito y sus razones

Que gritamos porque no es suficiente el canto, cantó alguien y se volvió aliado
de los que gritamos con la risa y el canto y el llanto y el son.
Se les grita a los amigos
para saludarlos con una mano abierta
y rosada
y rozada.
También se le grita al gato
que se subió a la mesa
para que se baje de ahí
y mejor orbite una pata
o nos amase las piernas.
A los árboles que de tan altos
parecen no darse cuenta
del que pasó caminando
por si las raíces no lo soportaron.
Los borrachos gritan porque en ese rato de delirio sin cara les gusta cómo se oyen y cantan
bien fuerte
desde su ronco pecho.
Se les grita a los niños
para que dejen en el piso la piedrita que iban a aventar
y por fin se metan a bañar.
A los peces sordos bajo el agua
A los que no les cabe el pecho en la camisa
y basta un sorbo de aire que hinche
los pulmones
y reviente los botones
de tanto palpitar y de tanto reírse
A las viejas que de tanta vida y tantos ruidos no se cansan y quieren más,
más fuerte, más orquesta y fanfarria
y pompa
Al diablo con la circunstancia
Al pastel para que se esponje
A las ventanas para que se rompan
A las nubes para que se caigan
Y a Dios para que no escuche.

 

Anémona

En todo momento hay al menos una tienda de abarrotes abierta en alguna parte del mundo, con sus frutas, cajas y latas expuestas al aire de la calle. Florece en la mañana desde las manos diligentes del tendero que siempre está reacomodando algo.
En todo momento hay al menos una tienda de abarrotes cerrada en alguna parte del mundo, y un extranjero podría pasar por ahí y no tener ni idea de que antes había una tienda abierta. Sólo los vecinos tienen el privilegio de ver los colores de las etiquetas por sobre el metal de la puerta cerrada; y son incapaces de imaginar al tendero arriba, a través de esa ventana que tintenea luz, con pantuflas y un pantalón flojo mirando en la televisión un noticiero después de cenar bajo un foco que mal ilumina la mesa llena de morusas de pan. Sólo pueden verlo con la cara avivada de siempre, con el cabello ralo peinado a un lado para cubrir la calva, ofreciendo sonriente las mandarinas, los higos, las nueces y el periódico del día.
El extranjero ve una puerta de metal y alcanza a percibir restos de la vibración terca del día que se guardó en los anaqueles y que se manifiesta a modo del zumbido que generan algunos motores. Pero pronto se distrae, mira hacia arriba y ahí se le dibuja un hombre que ve la televisión cabeceando. Mañana temprano seguro va a levantarse, lavarse los dientes y partir camino a cual sea que sea su empleo. Pobre extranjero que nunca verá la tienda florecer entre la fosforescencia de los refrigeradores y el despunte de la madrugada.

María Folc

 

Del día que rompí la piñata

Desde niña las piñatas me han causado un conflicto grande. Me fascinan sus colores y la infinidad de sus formas. No termina de sorprenderme en cuántas situaciones distintas es momento de romper una. Cuando el aire les baila las tiras que les salen de los picos, haciendo que lo único que se oiga en la calle sea un murmullo de papel crepé, cuando el sol les arranca destellos a los adornos brillantes, siento los pies bien en la tierra, enterregados.

Una piñata colgada a la mitad de la calle puede conmoverme hasta la sonrisa sola. Pero si la figura en cuestión está recargada en la pared a la entrada de la casa a la que voy a entrar, ahí sí la cosa es diferente. En ese caso la panza se me revuelve, y la mente se me algodona.

Hoy, cuando cruzábamos la cochera donde antes jugaba con triciclos y pelotas a gritos de apache, vi las dos estrellas rellenas de dulzura que esperaban recibir su merecido (¿de verdad se lo merecen?). Como siempre, mis ojos las rehuyeron, y traté de pensar en la cena y en la hora de irnos, cuando de las piñatas no hubiera más que cántaro roto y cacahuates pisados. Inevitablemente, a medias de la fiesta, se colgó la primer piñata, una estrella roja, y empezó la apaleada.

De a poquito traté de esconderme entre la gente, pero el orden genealógico terminó por delatarme. Mientras caminaba hacia el paliacate y el palo, pensaba en el curioso símbolo que es la estrella roja, y el montón de cosas que sí se merecen unos buenos chingadazos. Con los ojos cegados por el rojo, el palo ya no era un palo de escoba, ahora era el asta de una bandera, era un fusil, era mi puño en alto. Furiosa, me encontré frente al pleno de la Cámara de Diputados. Llorosa y con un temblor incontrolable en las rodillas y los dedos pude ver al presidente, y a una horda de granaderos. Tomé una bocanada de aire antes de sumergirme en el azul, el gris, el perfume barato y los chongos de las amantes. Con rabia visceral y poco contenida les di en la cara, en las panzas grandes, les di en todas sus madres. Le pegué duro a la indiferencia, le arranqué los cabellos a la muerte y le di en el hocico al mentiroso Facebook. En medio de la euforia me costó darme cuenta de que volvía a sentir el cuerpo al oír los gritos alrededor, y pude ver por debajo de la venda que los dulces se salían a borbotones. Con las manos temblorosas recogí lo que pude y me alejé despacio del reguero de niños, acostumbrándome a la luz, al aire en los cachetes.

Cuando abrí los dedos cayeron un tepalcate, tres cacahuates, un duvalín, dos chicles y un cuento.

 

María la folclorosa

El lodo

Es común que los colores les crezcan a las casas y que se vayan extendiendo por las piedras del suelo. Salpican los pasos, que resuenan callejón adentro, el lodo que se suelta con las primeras lluvias y arrancan así pedazos de color pared.

El lodo es ambicioso, y busca desesperado aferrarse al enjarre. Se agarra con todas las uñas y a veces con los dientes. Lo que más le gustaría al lodo es alcanzar los vidrios de los faroles, embarrar la barda que rodea el atrio de la catedral, sombrear la cara y las manos de todos los niños, fieles soldados de la tierra mojada. Aferrado a las suelas de los zapatos viaja a veces hasta otros países, en una invasión continua. Se abriga en las orejas de algunos gatos y le fascina, sobre todo, la cicatriz primigenia: el ombligo.

 

María

Mauricio Babilonia

Contener las mariposas en la panza

hasta que se pudran

y entonces las alas ya nunca les sirvan

ni para atravesar la tráquea

y menos para albergarse un segundo en los labios

o en la lengua.

Prefieren morir en la calidez ácida del estómago

y provocarnos problemas de píloro

que sacudirse la saliva para reconocer otro aliento

o una oreja.

 

A veces las he sentido desde que son sólo orugas viscosas que me acarician las vísceras. Al mismo tiempo tengo temblores levísimos que el aire que inhalo me provoca en las crisálidas. Entonces es imposible ocultar el hipo, y me paro de cabeza con un hilo rojo pegado en la frente para arrullarlas en su sueño de teselaciones.

A las mariposas no les importa la topografía ni la topología ni la patología del espacio. Con tropiezos, si es que así puede llamarse la forma de sus vuelos erráticos siempre ascendentes, buscan y encuentran salidas. Se me salen por los oídos, por la nariz, por la boca y sobre todo por los ojos.

Empezaba a ser adolescente cuando fui consciente de su existencia y con singular alegría la acepté, y las dejé entrar y salir a placer.

Ahora soy un adulto, y me comporto como tal. Eso quiere decir que llevo años aguantando la respiración y apretando los lacrimales para que no se asome ni un ala.

Miento.

Fluyen, vuelan, y a veces son tantas que no me dejan ver. De tanto viento que mueven, me han hecho perder el piso un par de veces. En la noche me espantan en sueño con sus papaloteos y me embrujan los sueños.

Sólo hay un momento en que se mueren, y es cuando te encuentro aun si no te busco. Y es que basta verte a unos pasos de mí para contener el suspiro y apretar los labios. Casi cerrar los ojos. Desesperadas me golpean el pecho y me hacen temblar las piernas. Y luego se mueren.

Se me mueren en la garganta enredadas entre las cuerdas vocales. Entonces el médico me manda antibiótico y unas vitaminas. Pobre, ni idea tiene.

Sólo algunas persisten y logran encontrarme el ombligo, y otras me vuelan en el útero y se duermen.

La última vez que pasé a un lado de ti, tú ibas de bajada y me miraste a los ojos.

Abrí la boca para ofrecerte la que salía, una amarilla que guardaba para ti

pero no sólo salió una.

Se salieron todas

y al final

una polilla.

 

María